Morir en primavera, de Ralf Rothmann

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Para ir hacia el oeste, la estrella polar
siempre encima de la oreja derecha

Cuando no estás implicado ni ideológica ni emocionalmente en una guerra y eres llamado a filas por el ejército alemán, procuras luchar cada día por sobrevivir a la barbarie. Dormir camuflado bajo ramas, beber leche agria robada a unas vacas escuálidas o huir de bombas de fósforo. Esa es tu guerra.

Te interesa una mierda el antisemitismo o la política imperialista de Hitler y todo lo que haces es salvar el culo y levantarte cada mañana y hacer lo que te ordenan. Únicamente te arriesgas, inocente y apasionadamente por las personas que te importan, por tu camarada, un cobarde desertor que ha caído en manos de sus camaradas. Y no te afectan los cientos de brazos y piernas anónimos amontonados en una pila de mugre y sangre.

El ambiente a tu alrededor huele a carne chamuscada y a vodka barato y se te hielan las extremidades sobre una antigua BMW. Sólo piensas en encontrar la tumba de tu padre y sobrevivir. Salvar el pellejo, sólo eso.

Cuando todo lo grande no significa nada para ti y lo más insignificante es todo lo que tienes, lloras por primera vez y abrazas también por primera vez.

“Morir en primavera” es la historia de una guerra pequeña, la batalla de Walter por no morir en una guerra grande, guerra que es el trasfondo de esta pequeña maravilla. Sí, el contexto es el final de la 2ª Guerra Mundial y el protagonista, un soldado alemán, pero podría ser cualquier otro conflicto en cualquier otro lugar: la búsqueda de la libertad viaja por todos sitios.

Publica Libros del Asteroide

 

Hijos del Rayo, de Manuel Bendala

Por Loreto Pascual

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BENDALA GALÁN, M., Hijos del Rayo. Los Barca y el dominio cartaginés en Hispania, Trébede Ediciones, S.L., Madrid, 2015, [372 páginas], ISBN: 978-84-940640-3-6.

Llama la atención la escasez de estudios de académico análisis científico centrados en la presencia, establecimiento e influencia de los Barca en Hispania, frente a la abrumadora oferta de publicaciones que desgranan la importancia de la conquista, expansión y creación del Imperio Romano en la península. Es cierto que conocemos, bien por las fuentes originales, bien por múltiples interpretaciones y traducciones, las acciones de los Barca, desde el desembarco de Amílcar y sus tropas en Gadir hasta la derrota de Aníbal en Zama a manos de Escipión el “Africano” (“Anibal de Cartago”, de Pedro Barceló, editada por Alianza, es una excelente aproximación a la historia de esta familia de cartagineses en Hispania, otorgándole mayor protagonismo al gran héroe militar que fue capaz de enfrentarse a todo un Imperio en su propio terreno).

Tradicionalmente, la historiografía tanto nacional como internacional ha centrado sus análisis y estudios arqueológicos en los vestigios de patrón exclusivamente romano, enfrentándolo a “lo cartaginés”, entendido esto último como lo bárbaro, en contraposición al elemento civilizador de la cultura latina y, si se quiere, helenística. En el siglo XIX surgen tendencias románticas y nacionalistas que destacan el pasado romano de Hispania como elemento integrador y unificador de la población: una historia común que une a un pueblo. En la “Historia de España” de Menéndez Pidal se glorifica a personajes como Séneca, Columela o Lucano que representan esta inmensa Hispania romana, que fusiona e integra lo latino con lo ibérico. En esta misma línea, pero por motivos diferentes hallamos también al alemán Adolf Schulten (1870-1960) que en sus tésis sobre el sustrato tartésico de la península culpa a fenicios y cartagineses de la destrucción de este mítico pueblo indígena.

Todo esto tiene en mente Manuel Bendala Galán cuando se enfrenta a la difícil tarea de buscar y reivindicar lo púnico a través de exhaustivos estudios, otorgando una nueva mirada al pasado mediante últimas técnicas y métodos de investigación. Observando los últimos hallazgos arqueológicos, numismáticos o epigráficos, este arqueólogo y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid ofrece nuevos datos sobre localizaciones y aporta reveladoras conclusiones que colocan a los Barca (y por extensión, los púnicos) en el lugar privilegiado que la Historia les ha venido negando.

“Hijos del Rayo. Los Barca y el dominio cartaginés en Hispania” (brq=rayo o relámpago; de ahí el apellido Barca) no es un libro más sobre la expansión y conquista púnica en la península ibérica. Esto queda demostrado en lo poco que dedica el autor a hablar de la secuencia de acontecimientos puramente históricos, que conocemos a través de la óptica de los vencedores: las crónicas de Polibio, Tito Livio o Diodoro de Sicilia. La intención de Bendala es ir más allá, acercarse a donde casi nadie ha llegado: presenta nuevas pruebas de la localización de las ciudades fundadas por los cartagineses que desmienten lo asumido hasta la fecha. Una de las grandes novedades de esta investigación es la nueva localización propuesta para Akrá Leuké, ciudad fundada por Amílcar no en Alicante como se creía hasta ahora, sino en las proximidades de Carmo (Carmona, Sevilla). A estas conclusiones llega el autor por el descubrimiento de una serie de monedas que demuestran la importancia de esta ciudad de raigambre tartésico-turdetana y más tarde, fenicia, como zona estratégica y cruce de caminos en las rutas comerciales, así como excelente territorio de riqueza minera.

Estructurado en 6 capítulos, “Hijos del Rayo” va paulatinamente desgranando la historia de los Barca desde que fueron derrotados por el Imperio Romano en la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.), conflicto en el que destacó Amílcar como gran militar y estratega, hasta llegar a las últimas investigaciones arqueológicas, aportando datos sobre hallazgos y excavaciones, acompañados de fotografías, mapas, monedas, figuras o reconstrucciones que complementan lo expuesto en el texto.

El Primer Capítulo lo dedica Manuel Bendala a referencias historiográficas sobre estudios púnicos (o a las escasez o sesgo de las mismas). Ayuda, por tanto, a entender el porqué de la distorsión o ausencia de investigaciones sobre estas gentes que, tras la claridad en los datos de las colonizaciones fenicias y griegas en la Península Ibérica, se pasa a la brillantez de la expansión romana, dejando en la más absoluta oscuridad la presencia y la influencia que sobre Hispania haya podido tener el sustrato cartaginés.

El Capítulo 2 está dedicado a los datos puramente históricos, a la crónica militar y política que a través de fuentes primarias como Polibio o Tito Livio han llegado de manera más que parcial, aunque exagerando las cualidades de estos héroes cartagineses para dotar de mayor lustre la victoria de los romanos. Esta pomposidad se observa en un retrato que hace Livio de Aníbal (Livio XXI, 4) donde destaca sus virtudes como general:

“Equitum peditumque idem longe primus erat; princeps in proelium ibat, ultimus conserto proemio excedebat”; “Era con mucho el primero, tanto entre los jinetes como entre los infantes; iba a la cabeza en el combate y era el último en retirarse una vez iniciado”

El capítulo se divide en 6 partes, reservando una de ellas al famoso Tratado del Ebro que Asdrúbal Barca (yerno de Amílcar) firmó con la embajada romana y que ha supuesto un verdadero quebradero de cabeza para la historiografía por no estar del todo claro a qué río se refería el texto cuando hablaba de Iber, para los griegos/ Hiberus, para los romanos. Lo que tradicionalmente se ha creído que era el Ebro (dato confuso porque está situado bastante al norte de la línea de separación de los territorios conquistados por Cartago), puede que se trate del Júcar o del Segura, que realmente marcan una línea divisoria entre Qart Haddast (ciudad fundada por Asdrúbal, Cartago Nova para los romanos y actual Cartagena) y Sagunto, urbe que, según los cronistas, tenía una especie de acuerdo de protección con Roma.

Como sea que fuera la realidad, la ruptura de este tratado atacando Sagunto se convierte en un claro casus belli que desemboca en la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), a la que el autor le dedica otro apartado. Este conflicto termina con la conquista de la península y su integración bajo el paraguas del Imperio Romano. Las otras cuatro partes están dedicadas a cada uno de los más destacados protagonistas de la acción política y militar que tuvo lugar durante aquella contienda: Amílcar, Asdrúbal, Aníbal y Publio Cornelio Escipión “Africano”, personaje clave en la derrota cartaginesa en Zama.

Cada uno de los Barca presentan cualidades militares, políticas, estratégicas y heroicas que el autor no duda en aproximarlas a la virtus y a lo que denomina imitatio Alexandri, es decir, que el carácter de estos militares está impregnado de un cierto halo de semidivinidad, a la manera del gran Alejandro Magno. Siguen la línea helenística de los héroes que son más que reyes y que buscan la gloria en los campos de batalla.

A partir del capítulo 3 y a lo largo de todo el libro, Manuel Bendala va desmintiendo evidencias incrustadas en la tradición y presentando nuevos hallazgos e interpretaciones que, con datos en la mano, conceden un valor eminentemente científico a su investigación y lo aleja de la clásica leyenda o lectura subjetiva de los hechos.

Columnas, sillares, monedas, necrópolis, campamentos, estructura urbana, toponimias, orografía. El autor se vale de todos los elementos posibles para situar el qué, el cómo y el cuándo de los Barca en Hispania y, lo que es más importante: qué ha llegado a nosotros de todo ello.

Hay un término acuñado por Bendala y que podría representar en cierta medida un ítem que nos ayude a entender la importancia de estas investigaciones: el concepto de lo “neopúnico”, que podría asociarse con aspectos culturales de la comunidad hispanorromana. En el caso de Carmo, por ejemplo, se detectan costumbres púnicas en los hábitos y tipos de enterramiento hasta el siglo I d.C. Esto significa que más de tres siglos después de que los romanos se instalaran en Hispania, aún perduraban rasgos culturales de carácter púnico.

Hay por tanto una continuidad cultural, urbanística o simbólica y no todo lo “romano” es puramente latino, sino que arrastra elementos tanto fenicios como púnicos que crean una especie de mosaico y conforman lo que será la Hispania Romana (por ejemplo, el Capitolio de Baelo pone, de hecho, en duda su interpretación “romana”, ya que se podría hacer una lectura arquitectónica de sus tres templos que evidencian un carácter púnico). Como acabamos de ver, desde la arquitectura hasta los dioses, algunas tradiciones y cultos romanos en Hispania vienen de mucho más lejos y tienen un sustrato cartaginés que no ha sido evidenciado a menudo y que, en esta obra, el autor se encarga de sacarlo a la luz.

Estamos por tanto y, a modo de conclusión, ante una obra fundamental para conocer una cultura hasta ahora difuminada, sesgada y manipulada por la inmensidad de lo que llegó tras ella. No es fácil dejar rastro si quienes te expulsan mediante la conquista traen consigo el derecho, el urbanismo, las obras públicas o las redes hidráulicas. Bendala consigue, a base de una investigación en profundidad, ir sacando capas, una tras otra, hasta descubrir un nivel en el que se movió un pueblo, y más concretamente una familia, los Barca, que ayudaron a Roma a engrandecer su proyecto civilizador porque ya tenían una semilla plantada.

“Hijos del Rayo” puede abrumar en un principio por la gran cantidad de referencias y datos cruzados, pero, a la larga, se agradece la seriedad con que Manuel Bendala coteja y expone todo aquello que ha ido descubriendo a lo largo de sus años de investigación. Combina a la perfección un estilo ameno, pero sin perder el carácter académico que pretende dar a la obra. Sin embargo, no es un texto para cualquier lector: está destinado a estudiantes e investigadores ya que la terminología empleada requiere unos conocimientos previos sobre arqueología. Aquel que disfrute con la Historia Antigua y los comienzos de la Hispania “civilizada” tiene en esta obra un estupendo y científico documento.


Manuel Bendala Galán se formó en la Universidad de Sevilla en los años sesenta y setenta. Entre 1985 y 1989 fue director del departamento de Prehistoria y Arqueología de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid.
Fue decano de la Facultad entre 1992 y 1995, época en la que participó en la creación de la Biblioteca de Humanidades y fue nombrado director del Máster en Arqueología y Patrimonio, desde 2007 hasta su jubilación, en 2010.
Miembro del Instituto Arqueológico Alemán, desde 1978 y de la Academia Sevillana de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, desde 1979; académico de la Real Academia de Doctores desde 2003; patrono del Museo Arqueológico Nacional y, entre 2000 y 2003, miembro de su Comisión Permanente; patrono de la Fundación Pastor de Estudios Clásicos; patrono de la Fundación de Estudios Romanos, Officier dans l’Ordre des Palmes Académiques por concesión del Ministère de l’Éducation Nationale de la Recherche et de la Technologie de la République Française y Doctor Honoris Causa por la Universidad de Huelva en 2014.
Ha publicado veintidós Tésis Doctorales.

El último refugio de los neandertales (y II)

Por Loreto Pascual

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(Viene de El último refugio de los neandertales)

6. Los neandertales eran hábiles y grandes naturalistas que conocían el ambiente y no se desconcertaban con animales que volaban o corrían mucho.

Tradicionalmente, ha habido entre la comunidad prehistórica investigadores que han sostenido que, a diferencia de nuestros ancestros, esta especie era incapaz de cazar animales pequeños y aves.

Finlayson opina en cambio que si hay, por ejemplo, monos capuchinos que capturan aves sin problemas, u osos que atrapan salmones, por qué no lo iban a conseguir los neandertales, si tenían el cerebro mucho más grande y los utensilios adecuados.

También se ha llegado a opinar que esta especie no cazaba determinado tipo de animal por “pereza”. Es decir, preferían cazar presas más fáciles y cuando se reducía la existencia de éstas, entonces se disponían a cazar las más difíciles. Según esta teoría, se dedicaban a vagar por las playas recolectando lapas y mejillones. Una vez, acabaron con ellos, cazaron tortugas, que eran lentas y fáciles de capturar. Por último, debieron ir a por liebres, primero, y aves, después.

Todo esto es rebatido por el autor a través del análisis de los restos de fauna en las cuevas de Gibraltar. El 80% de los huesos que allí se encontraron corresponden a conejo, animal endémico y muy abundante. También se han hallado en el registro los huesos de 145 especies de aves diferentes.

Esto se explica por el emplazamiento del yacimiento: Gibraltar es un lugar estratégico de paso de aves migratorias.

Estos argumentos llevan al autor a la siguiente conclusión:

7. Los neandertales eran cazadores generalistas, disponían de gran diversidad de recursos y podían (y sabían) explotarlos todos.

Mediante estudios en la dietas de los habitantes del norte de Europa, se ha deducido que eran carnívoros estrictos. Pero esto, según Finlayson, no significa que estas comunidades se comporten igual en todas partes y en todas las épocas.

8. No existió revolución de amplio espectro.

Al contrario de lo que piensan muchos prehistoriadores, la gama de alimentos que consumían los neandertales no ha cambiado a lo largo del tiempo en que vivieron en la zona meridional de Europa. No sobreexplotaron los recursos y aquellos que llegaron hasta los 28-24 Ka. BP. comieron lo mismo que los que allí se encontraban hace 100 Ka. BP.

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9. Los neandertales de Gorham utilizaron durante todo el tiempo la misma tecnología lítica.

Es decir, fabricaron las armas y los utensilios del mismo modo que sus antepasados. Fueron portadores de la industria Musteriense y siguieron utilizando las mismas técnicas durante todo el tiempo.

En Francia y en algunas zonas del norte de la Península, obligados por las circunstancias, tuvieron que modificar su cultura y protagonizaron una transición hacia el Chatelperroniense. Eran las mismas gentes que las del sur, pero tenían distinta cultura.

En Gibraltar, el mundo de los neandertales no había cambiado… ¿por qué iban ellos a cambiar la forma de hacer las cosas y entender el mundo?

10. El Estrecho de Gibraltar les impidió desplazarse más al sur.

Gorham estaba situado muy al sur y muy al oeste por lo que en los peores momentos de la Edad de Hielo mantenía un clima bonacible. No había tampoco montañas elevadas y, además la proximidad del Atlántico, amortiguaba los rigores del clima. Era una especie de burbuja y en ella estaban los neandertales, repartidos en pequeñas bolsas.

Sin embargo, cada vez que el frío golpeaba, iban desapareciendo estas bolsas.

Los últimos habitantes de Gibraltar eran, como los pandas, una especie amenazada con pocas posibilidades de salir hacia delante y nunca estaremos seguros de cuáles fueron las causas de su extinción.

FINLAYSON, C., El sueño del neandertal: Por qué se extinguieron los neandertales y nosotros sobrevivimos. Drakontos, 2010

El último refugio de los neandertales

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Por Loreto Pascual

A través de un proceso de excavación que tuvo lugar durante diecisiete años, se concluyó que los últimos neandertales vivieron en Gibraltar casi 2000 años más que en cualquier otro sitio.

Aunque hay un conjunto de cuevas que conformaron la última morada de la especie, una suerte de “Ciudad Neandertal”, situadas en la base de acantilados de unos 426 metros de altura, es una cueva concreta, Gorham, la que ha proporcionado los resultados más precisos sobre cómo pudo ser la vida de los últimos neandertales del planeta.

En el interior de esta cueva hay restos de polen, carbón, leña, animales, utensilios, todo ello en una capa de arena y guano de murciélago de unos 18 mts. de espesor (cuya base marca el último interglaciar, hace 125 Ka. BP.), que nos ofrece interesante información sobre el hábitat, las costumbres y el comportamiento de una especie que fue desplazándose hacia el sur a medida que las condiciones climáticas del resto del continente se volvían extremas y aguantó en peligro de extinción hasta 28-24 ka. BP. En esta fecha, el aislamiento, la posible endogamia, quién sabe si enfermedades, se produjo el final de una especie que había permanecido durante un dilatado período de tiempo en la tierra.

Posteriormente, hace 20 Ka. BP. la cueva sería ocupada por lo que el autor llama ancestros que no son otros que Humanos Anatómicamente Modernos o HAM, es decir, nuestros antepasados directos.

Clive Finlayson, uno de los mayores expertos del mundo en neandertales y director del Museo de Gibraltar ha estado en estas excavaciones en la cueva de Gorham y en su libro “El Sueño del Neandertal” aporta sus propias conclusiones sobre este último asentamiento. Destacaremos en diez puntos los resultados de su investigación.

1. Durante los últimos 125 Ka. BP. el clima era prácticamente igual que el actual fuera de la cueva.

Hubo momentos más frescos y secos y otros, más húmedos pero, en líneas generales, se detecta poco cambio. Esto es muy importante en relación con las grandes transformaciones que tuvieron lugar en Europa septentrional. Se respalda esta teoría, entre otras cosas, en la ausencia de animales característicos de estepa-tundra (rinocerontes lanudos, renos o toros almizclados…)

A esta conclusión se llega también a partir de una serie de investigaciones llevadas a cabo por Finlayson y su esposa que emprendieron un viaje a lo largo de la península ibérica y estudiaron de manera minuiciosa el hábitat en todos los puntos de la geografía, asociándolo con las aves con las que se iban topando. Así, si en la cueva Gorham hallaban una especie de ave concreta, significaba que el hábitat relacionado con ella en la actualidad había existido fuera de la cueva. Si en ese mismo nivel estratigráfico se descubrían, además, pruebas de actividad neandertal, era más que probable que ese mismo hábitat existiera cuando este grupo humano estaba en la cueva.

2. Los Neandertales de Gibraltar explotaron un mosaico de hábitats muy parecido al actual paisaje de Doñana.

Había dunas de arena móviles que se desplazaban con el viento. Era una sábana arbolada con pinos piñoneros y alcornoques que convivía con vegetación más densa junto a cursos de agua. Había lagos y estanques que atraían a patos y aves acuáticas. Allí se encontraban también sapos, ranas y tortugas acuáticas que se reproducían en primavera y mamíferos ramoneadores y apacentadores.

En este paisaje herbáceo vivían ciervos, jabalíes, caballos, uros, rinocerontes de hocico estrecho y elefantes de colmillo recto, típicos de sabana templada y en los acantilados, se movían las cabras monteses.

En palabras del naturalista Abel Chapman, se trataba de una “especie de África en Europa”.

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3. El Homo Neandertalensis acusaba más la falta de agua dulce que las temperaturas.

Y esto ocurría porque gran parte de su alimentación se basaba en fauna que se movía cerca de paisajes pantanosos y concentraciones de agua estacionales. Por tanto, el factor más limitante era el agua, no la comida ni el clima.

4. Estas comunidades tenían que vigilar tanto a presas como a depredadores.

Los pequeños mamíferos y animales acuáticos atraían igualmente a grandes depredadores. Hay en el registro de Gorham huesos de hiena manchada. También se movían por este paisaje leopardos que se escondían en árboles y arrastraban allí a sus presas.

Junto a ambos, habitaban leones, lobos, linces, osos pardos. Era un paisaje muy complicado y de alta presión para el neandertal.

5. Eran cazadores, pero también carroñeros.

Los neandertales comían grandes mamíferos. Se han encontrado restos chamuscados y marcas de corte de cuchillos de pedernal en huesos de fauna hallada en las cuevas de Gibraltar.

Su principal aporte alimentario provenía de la cabra montés, seguida del ciervo. Intentaban, por el peligro que conllevaba, evitar a los animales más peligrosos, como el jabalí o el rinoceronte.

Cazaban emboscando desde cerca , con lanzas que se empujaban, no se lanzaban.

Pero durante los períodos de sequía, estas comunidades recurrían a la carroña. Se han encontrado en el terreno restos de hienas y de cuatro especies de buitres europeos.

Continúa en El último refugio de los neandertales (y II)

FINLAYSON, C., El sueño del neandertal: Por qué se extinguieron los neandertales y nosotros sobrevivimos. Drakontos, 2010

Fuente ilustración apertura:  José Emilio Toro

La revolución abbasí

18 febrero 750

Por Loreto Pascual

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Dentro del islamismo, la revolución abbasí (denominada así porque sus miembros se declaraban descendientes de Abbas ibn ‘Abd al-Muttalib, tío de Mahoma) tuvo lugar en el año 750 y supuso un cambio en el seno del califato árabe, sustituyendo a la dinastía omeya que había gobernado hasta aquella fecha.
Son muchas y de diversa índole las causas que provocaron esta situación: dudas acerca de la legitimidad dinástica del califato omeya; los muladíes (conversos) deseaban ser iguales que el resto de musulmanes; se había sustituido a Damasco por otras capitales por lo que se desintegró la estructura administrativa; hubo un aumento de cargas fiscales, etc. Los abassíes, primero desde Cufa y luego, Jurasán, supieron atraerse a los descontentos con el régimen omeya: chiitas, partidarios de otros hijos de Alí, conversos iraníes, árabes del Jurasán.

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Se reunió un gran ejercito que canalizó el descontento en amplios sectores sociales. A esto ayudó el discurso del líder religioso Abu Muslim en el que acusaba a los omeyas de incumplir los mandatos del Corán. Muslim fue ejecutado por Marwan II y la rebelión se extendió desde Merv hasta Cufa, donde Abu-l-Abbas al-Saffah (el Sanguinario) fue proclamado primer califa abbasí. Marwan II y su familia fueron asesinados en Egipto.

Fuente: Donado Vara, J., HISTORIA MEDIEVAL I. Siglos V-XII. Ramón Areces, 2014

El Asiento de Negros y el Navío de Permiso

Por Loreto Pascual

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En virtud de los Tratados de Utrech-Rastadt (1714-15), con los que se puso fin a la Guerra de Sucesión Española, se reorganizó Europa y se repartieron los restos de la extinta Monarquía Hispánica. Estas paces incluían un buen número de acuerdos, entre los que destaca el reconocimiento de Felipe V de Borbón como rey de España (nombramiento aceptado por todos menos por el emperador Carlos VI). España, por su parte, hubo de renunciar a la corona de Francia.

Inglaterra, uno de los contendientes en la guerra en el bando aliado, obtuvo únicamente Gibraltar y la isla de Menorca y, aunque pudiera parecer un escaso botín, en realidad copaba el interés prioritario de la recién constituida Gran Bretaña: el dominio marítimo y mercantil. Es por ello que las llamadas cláusulas comerciales le otorgaban grandes posibilidades en las Indias españolas. A partir de este momento arrebató a Francia el título de “nación más privilegiada en el comercio colonial hispano” y recibió los derechos de Asiento y de Navío de Permiso.

Por el primero, obtenía el monopolio del comercio de esclavos, con escala en el Río de la Plata, durante treinta años; a través del segundo, tenía derecho a enviar una vez al año un navío de 500 toneladas a las Indias españolas. La realidad superaría ambas concesiones y supondría la quiebra legal del monopolio hispano sobre su comercio en las Indias. Inglaterra se consolidaba, de esta manera, como la gran potencia mercantil del futuro, apoyada también en el Tratado de Methuen con Portugal, que le reportaba grandes ventajas en el ámbito colonial portugués.

Fuentes:
– Floristán, A., HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel 2015
– Ribot, L., HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Actas 2006